Las hojas se rompían bajo los rápidos pasos de las elfas. Una rama rota, un susurro al pasar entre los árboles. zigzagueaban entre los troncos, una de ellas saltó hábilmente entre las ramas. Salto de rama en rama; haciéndose temblar bajo sus pies descalzos. La otra se balanceó entre las ramas, sus dedos largos agarraba con gran destreza como si fuera un mandril. Sus largas melenas negras volaban a sus espaldas como capas desgarradas.
Su presa tropezaba entre las raíces y de cuanto en cuanto miraba con horror a su espalda. Sabía que lo seguían, sabían que ellas eran más rápidas que él, pero no quería morir. Sus jadeos hacían que el poco aire de sus pulmones saliera dejándolo vacío y provocándole dolor en el pecho. Sintió como las ramas de los árboles desgarraban su ropa y cortaban su piel al pasar. No le importo un comino. No podía desacelerar.
Los ojos oscuros de cazador lo miraban a la distancia. El habiente cargaba el cruel y despiadado sentimiento de liquidación. La elfa que saldaba entre las ramas logró interceptar al Moreno, una rápida patada lo desestabilizó lanzando contra el piso. Este rodó y se colocó sobre sus rodillas, una roca le cortó la cara al caer, la sangre le empezó a emanar de la herida sin que él sintiera dolor. Mostró los dientes a la elfa y de una vez tomó un tronco del suelo y atacó a su agresora. Esta lo esquivo con facilidad, una vez, y otra vez. Milton gritaba al atacar a la hermana alcatraz.
Esta fríamente le acertó un puñetazo en la cara y luego una patada en el tórax. Milton cocho contra una gran roca y sus pulmones se vaciaron por fin de aire.
Las otras llegaron y lo rodearon. Lo apuntaron con sus lanzadas para al fin acabar con él. Milton le sostuvo la mirada a la mayor de las elfas. Hielo y veneno se desafiaron.
- Haz cometido un error androide.- sentenció una de ellas.- no debiste tomarlo.
Milton apretó el objeto en su mano. No se los iba a devolver. No había pasado por todo eso para regresar a la hermosa Aurora sin nada...
El sonido de un aplauso rompió el tenso momento. Todos miraron de donde provenía. Al borde del claro, recostado contra una piedra grande gris clara y hombre de cabello castaño, lentes y bufanda azul celeste los miraba divertido mientras aplaudía.
Milto ajustó sus ojos biónicos y observó cómo una mueca de sonrisa estaba dibujada en el joven.
- Magnifica escena.- dijo suavemente el joven.- pero ya deberían dejarlo ir, ya no es su territorio.
Una de las elfas arrojo su laza contra el joven penetrando la roca y abriéndola; el joven rápidamente esquivo la mortífera arma con aires de tranquilidad.
La otra elfa se lanzó a su lado y por un milisegundo su mirada verde hierba y la mirada achocolatada se sostuvieron. Reconociéndose. La trilliza no escatimó en lánzale un gancho a la cabeza y el joven también lo esquivo como si fuera una fiera peleando con el viento juguetón. Gancho, gancho, patada, patada, puñetazo. Todo los esquivaba.
Un sonido de frustración salió de la boca del joven al perder el equilibro por resbalase con unas hojas humedad. La elfa no perdió tiempo y tiró un golpe a la cara del joven. Los achocolatados ojos la miraron con frialdad cuando el puño estaba a centímetros de su nariz. Como si fuera en cámara lenta la elfa dilató sus ojos al ver que una sonrisa juguetona se dibujaba en los labios del joven, lo siguiente que no vio fue como él pasaba su brazo por encima del de ella y atrapaba con su mano libre el puño de la elfa. Shp. Se escuchó el giro de los pies del joven en su propio eje. Este giro y metió el brazo de ella bajo su axila, desestabilizándola y tirando la al suelo. Se escuchó un chasquido. Le había luxado la muñeca al volver a girar sobre y sentarse encima de su espalda. La elfa por primera vez lanzó un aullido de dolor real, la tierra y la hojas entraron a su boca al corchar contra el suelo.
- Buen movimiento.- admitió el joven.
Este levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo la otra elfa se lanzaba contra él. Se levantó de golpe y volvió hacer la danza. Esta elfa estaba más furiosa que la primera, pensó que era lógico por ver a su hermana gritar de dolor. Él se agachó y acertó un gancho a su vientre sacándole el aire a la elfa. Se irguió y vio a los ojos a la mayor de ellas.
- Te conozco.- sentenció la elfa que quedaba de pies.- antes eras mujer.
- También es un placer volverla a ver.- esta vez el joven no sonrió.- la última vez mi exploración fue interrumpida, pero es bueno verla bien.
- ¿Qué haces aquí?- escupió la elfa.
El joven le divirtió el hecho de que esa fuera su respuesta en vez de “tú no deberías estar aquí” era para él una pequeña victoria al ver que su presencia para bien o mal era aceptada en el bosque.
- Vengo por él.- señaló al androide maltratado en el suelo para luego encogerse de hombros.- Lo extrañaba.
- Él ha incumplido el tratado así que...
- Debe pagar.- culminó el joven.- él es especial. Tu pueblo no lo puede lastimar aunque rompa el acuerdo.- sonrió para sí mismo al ver que tanto Milton con la elfa lo miraban horrorizados.
El joven se acercó con aires despreocupados hacia ellos pasando por las dos elfa que trataba de recuperar el aliento en el suelo. Miró por un segundo a los venenosos ojos de la alta elfa y sonrió.
- Con tu permiso bella dama.
Hizo una reverencia de cuerpo completo tan a la altura de una emperatriz que la elfa se siento por un momento con traje de seda rojo y verde oscuro, mientras que su cabello lo adornaban diamantes y perlas encastrado en enredaderas de plata. Parpadeo para sacar esa imagen de su cabeza. El joven de lento fue hasta que Milton y lo levantó con cuidado sin perder su dulce sonrisa.
La elfa lo vio irse como si nada. ¿Le tenía miedo? ¿Lo respetaba? Era difícil saberlo con su cara inexpresiva. Él se volteó por íntima vez mientras pasaba el brazo de Milto por su cuello para ayudarlo a caminar.
- Espero que algún día me enseñes la parte del bosque que ellos no conocen.- sonrió cálidamente.- espero ganarme ese privilegio.
Y así el joven salió con el androide del bosque para enfrentarse a una persona que si daba más miedo que las crueles trillizas alcatraz. A una muy molesta y preocupada Aurora. Tanto Milto como el joven tragaron saliva y bromearon que preferían a las trillizas que a la albina de ojos color oro.